Aparenten el color que aparenten, todas las tiranías se esfuerzan en prostituir el lenguaje. Hoy, 26 de julio, el putrefacto régimen castrista sigue con la cantinela del "Día de la Rebeldía Nacional". Apelan a la "rebeldía" los mismos que reprimen el más mínimo librepensamiento.
Idéntico ejercicio que el de Videla, por poner otro sanguinolento ejemplo, cuando inauguró el Mundial del 78... apelando a "la paz".
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lunes, 26 de julio de 2010
domingo, 20 de diciembre de 2009
Los pasaportes de Hierro y Haidar
José Hierro salió de su patria con veinte años de retraso sobre sus esperanzas (cfr. "El pasaporte", perteneciente a Libro de las alucinaciones). Su pasaporte se hizo esperar demasiado. Cuando acabó teniéndolo en su mano le da la bienvenida al documento y agradece por supuesto su presencia... Pero no puede evitar la nostalgia. Nostalgia por todo aquello que se consumió (sin haberlo consumado nunca). Nostalgia por todo aquello que no fue (y jamás será de nuevo): "Ya no es hora. Gracias/ de todos modos. Has llegado tarde./ Sé bienvenido con mi fotografía,/ datos y cifras personales,/ mi profesión, mi edad, mis tantas cosas/ olvidadas o desterradas".
Sus tantas cosas. Esas tantas cosas a las que suele matar el atropello. El pasaporte puede ser un simple formalismo burocrático (mero trámite anodino sin mayor connotación) o puede, bajo determinados regímenes y circunstancias, adquirir un significado que no admite comparación: "una orden de libertad/ que llegó veinte años tarde".
Para ilustrar la imposibilidad que acarrean algunas tardanzas, Hierro nos cuenta, como imagen, que hubo un niño que soñó. Soñó con un caballo de cartón que la infancia nunca pudo regalarle. De mayor, cuando crece, quien fuera ese niño compró el juguete "para vengarse de los años". Tan inocente desquite resulta humano y comprensible, pero eso no niega la evidencia: "¡Qué tristeza/ este juguete que llega tan tarde!".
Y añade Hierro: lo peor no es que haya sucedido así, "sino que pudo suceder de otra manera". Entre las hojas de papel de su pasaporte quedaron muchas cosas "que ya no tienen realidad". Muchas cosas "que un día pudieron haber sido".
El pasaporte de Aminatu Haidar también llegará demasiado tarde. Es cierto que un salvoconducto de última hora propició su regreso a El Aaiún (y evitó un desenlace irreparable), pero su auténtico pasaporte -como el de Hierro- llegará con esa demora que siempre conlleva la injusticia.
Coda 1: Algunas personas -Hierro y Haidar entre ellas- han sabido sobreponerse a esos olvidos y detierros que implican injustas dilaciones. Coraje que ejemplifica el oportuno apunte de Gonzalo Sánchez-Terán: "La poesía es la distancia más larga entre un ser humano y su claudicación".
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Coda 2: Hierro (no Pedro ni Fernando, no el de la costura ni el balón) murió hace ahora siete años (21-12-02). Visor ha editado recientemente sus Poesías completas; un buen pretexto para su relectura o su descubrimiento. Un día, con más calma, lo retomaremos en este blog. Siempre es momento de toparse con su voz... porque siempre es momento de aprender con su palabra. Con José Hierro, de nacionalidad poeta, grato resulta el reencuentro.
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Coda 3: Artículo adjunto ("Si Hierro fuera futbolista"), publicado en Tribuna Universitaria, 19-25 de abril de 1999, pág. 3.
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miércoles, 18 de noviembre de 2009
El "murito", dicen algunos
Dado que no tenía a Juan Manuel De Prada por un entusiasta bolchevique, enmarco en esa segunda posibilidad sus alusiones al "murito" (Abc, 9-11-09, p. 11). Como si le resultase imprescindible para desembocar en las premisas que intenta defender, el autor no duda en su desdén. Se ve que encuentra muchísima originalidad y talento en esa displicencia con la que pretende referirse al derribado Muro de Berlín. El gracejo es así: algunos creen tenerlo a borbotones, y les cuesta limitar la elocuencia de su garbo.
¿Qué tal sonarían los "muritos de Mauthausen"? ¿Y los "muritos del Gulag"? ¿Y los "muritos de Auschwitz"? Y si dijésemos las "camaritas de gas" o los "hornitos crematorios", ¿qué tal? ¿Se incrementaría esa megasuperingeniosísima perspectiva que suponemos darle al escrito? Deduzco que algunos así lo piensan.
Esos logros que achaca a la "nueva tiranía" ("no es otra que aquélla que despoja a los seres humanos de su capacidad de discernimiento moral"; "han extraviado la capacidad para discernir lo que es justo y lo que es injusto"), quizá el autor debiera autocontemplárselos.
Junto a los negacionistas de unas u otras sevicias, están también los que las justifican y comprenden, envolviendo en su paño caliente lo que hacen pasar por inevitable. [La acertada columna de Elvira Lindo (El País, 11-11-09) recoge unos cuantos ejemplos a este respecto. Los aludidos, molestos con Lindo, se apresuraron a replicar; y Santiago González (en su post del día 14) contrarreplica a los replicantes, incorporando argumentos donde tan sólo existía el apasionamiento de los dogmas].
Pero no queda ahí la cosa. A negacionistas y comprensivos se añade ese perfil del achicador: achicadores de la vergüenza, achicadores que banalizan. El "murito", dice De Prada. Especialmente, claro, porque él no estuvo dentro. Será por eso que se permite frivolizar con el achique.
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martes, 10 de noviembre de 2009
Dictadorzotes y dictadorcitos
Pueden establecerse matices entre regímenes totalitarios y regímenes autoritarios. Por supuesto. Pero no es ese tema el que ahora me ocupa. Tan sólo pretendo aludir a quienes vislumbran dictadorzotes malos y dictadorcitos simpáticos. Uno sospecha que esos señores del rigor y la tibieza no querrían irse a vivir ni con los primeros ni con los segundos... Pero claro, pregonar desde la distancia (en kilómetros o en años) posibilita algunas ligerezas.
Como es obvio, la distinción no se sustenta en otra cosa que no sea el sesgo maniqueo del riguroso. Así, los tiranos que caen bien al susodicho acaban por ser tratados con la normalidad con que se trataría a cualquier dirigente de corte democrático; e incluso, en un paso más de complicidad, se asumen los mismos vocablos insanos y tramposos que la dictadura en cuestión predica.
Todas esas prácticas contribuyen a disuadirnos de la auténtica naturaleza de los autócratas. Nos apartan de lo que son: calaña liberticida y asesina, infección coactiva y sanguinaria. Ésa es la categoría. A partir de ahí, como anécdota, aparentarán enarbolar una u otra ideología, como simularán moverse por una u otra causa. Da igual. Se envuelvan en los ropajes que se envuelvan, la putrefacción es su verdadera hoja de servicios; el único currículum que no debiera ahuyentarse del mensaje.
Como es obvio, la distinción no se sustenta en otra cosa que no sea el sesgo maniqueo del riguroso. Así, los tiranos que caen bien al susodicho acaban por ser tratados con la normalidad con que se trataría a cualquier dirigente de corte democrático; e incluso, en un paso más de complicidad, se asumen los mismos vocablos insanos y tramposos que la dictadura en cuestión predica.
Todas esas prácticas contribuyen a disuadirnos de la auténtica naturaleza de los autócratas. Nos apartan de lo que son: calaña liberticida y asesina, infección coactiva y sanguinaria. Ésa es la categoría. A partir de ahí, como anécdota, aparentarán enarbolar una u otra ideología, como simularán moverse por una u otra causa. Da igual. Se envuelvan en los ropajes que se envuelvan, la putrefacción es su verdadera hoja de servicios; el único currículum que no debiera ahuyentarse del mensaje.
En esa labor de desenmascaramiento, es de agradecer el post que ayer editaba Arcadi Espada en su blog El Mundo por dentro y por fuera. A raíz del aniversario berlinés, Espada reparaba sobre dos páginas de El País dedicadas a la vida familiar y lectora de Fidel Castro. Nos invitaba a que sustituyésemos el nombre de Castro por el de Pinochet… ¡a ver qué pasa!
En ese camino, sirva también como ejemplo el vídeo que se adjunta. Se trata del informativo de madrugada en Tele 5 (21-10-04), en el que se recoge aquella aparatosa caída que tuvo el mandamás cubano. El titular que aparece en el sumario es el siguiente: “Cae Fidel, la revolución sigue”.
¡Fantástico! Prueben ahora a imaginar que quien hubiera tropezado fuese un cabecilla de Eta. Un suponer: “Cae Txapote, la revolución sigue”. ¿Qué les parece? ¿Es que acaso no considera Eta que su asesino proyecto es de lo más revolucionario?
Pues sigan poniendo ejemplos. Supongamos ahora que los del tropiezo son Hitler o Stalin, Pol Pot o Videla, Mussolini o Mao, Kim Jong-Il o Franco, Ceaucescu o Salazar, Massera o Honecker, Ahmadineyad o Hugo Chávez… Todos ellos pretendieron y pretenden revolucionar muchas cosas: sobre todo, insignificancias como los derechos y libertades de quienes les tocó y les toca sufrirlos. Si se estuviese informando de un accidental traspiés que tuvieran, ¿alguien osaría añadir que, a pesar del tropezón, sus respectivas revoluciones prosiguen?
Me gustaría pensar que no, en tanto que, para definir a esos personajes y regímenes, se me ocurren términos más justos y precisos que los revolucionarios. Me gustaría pensar que no, pero no deja de sorprenderme el esfuerzo de algunos (unos u otros) por tender puentes edulcorados hacia las autocracias que les resultan, al parecer... cordiales, amables y divertidas.
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