martes, 7 de octubre de 2014

Defensa de la ciudadanía


Sabido es: no es lo mismo tener apéndice que padecer apendicitis. Esa gráfica distinción la expuso hace años Julián Marías, para explicar que uno puede pertenecer a una nación, sin que por ello tenga que ser nacionalista.

Décadas después sigue siendo necesario realizar esas clarificaciones. El pasado domingo vi a un señor haciendo una entrevista desde un sofá televisivo. Ese entrevistador pasó a considerar “facha” el defender la igualdad de derechos y libertades de todos los españoles. Los nacionalistas (y los que creyendo no serlo reproducen las mismas milongas del nacionalismo) son muy rápidos enarbolando el espantajo del “facherío” o considerando “nacionalistas españoles” a cualquiera que no esté entre sus huestes. 

A la vista de toda esa educación para la identidad que por tantos altavoces se difunde, quizá sería higiénico contemplar algún apunte:

1. Defender la integridad de un Estado no equivale a ser nacionalista. Algunos no queremos levantar fronteras; algunos no deseamos que se fragmente la ciudadanía; algunos rechazamos esa pretensión de convertir en extranjeros a nuestros conciudadanos; algunos pretendemos salvaguardar y mejorar el Estado de Derecho, como mejor anclaje en el que poder desenvolver nuestra ciudadanía. Guste más, guste menos, lo dicho nada tiene que ver con las habituales ínfulas del nacionalismo. 

2. El nacionalismo diseña una identidad como hegemónica. El nacionalismo ensalza (y si tiene ocasión, impone) una modelada identidad que erige en prioritaria. Por eso el franquismo era nacionalista: porque pretendía instaurar un modo de ser español. Un modo de ser a la medida de las fantasmagorías franquistas. Es la misma lógica (la misma y triste lógica) que hoy siguen empleando otros nacionalismos: instaurar un patrón para ser catalán, para ser vasco, para ser… lo que corresponda.

3. El auténtico concepto de ciudadanía no va circunscrito a lo identitario. El auténtico concepto de ciudadanía no está subordinado a un condicionante de tipo étnico, cultural, religioso, ideológico, racial… No. No se es ciudadano de 1ª o de 2ª en función de ajustarse mucho, poco o nada al molde predeterminado. No se es un buen o mal ciudadano por el hecho de cumplir con el pack que configuran los ingenieros de las esencias.

4. Las identidades que cada cual elija no han de sumar ni restar a nuestra condición de ciudadanos. Esas identidades deberán ser voluntarias, autónomas, opcionales. No impuestas. No asignadas. Dicho de otra forma: las identidades no son un salvoconducto para poder ser ciudadano; sino que somos ciudadanos, y como opción individual y libre cada cual elegirá sumarse a las identidades que desee.

Fernando Savater, el gran Fernando Savater, acaba de publicar su último libro: una espléndida Defensa de la ciudadanía. Ciertamente, hace mucha falta defender la idea de ciudadanía (tan sustancial al ejercicio democrático), y distinguirla de esas abstracciones o entelequias tan al uso: “el pueblo”, “la calle”, “la costumbre”, “la tradición”, “los derechos históricos”, "los derechos de los territorios", etc, etc.

La ciudadanía son los derechos, deberes y garantías que nos corresponden… a las personas. Y eso no está supeditado a ser nativo de ni creyente en. Ser ciudadano no depende de tener apellidos adscritos a determinada raigambre, ni depende del color de piel, ni de la orientación sexual, ni de la fe que se profese, ni del mayor o menor aprecio que se le tenga al paisaje que te envuelve.

No nos dejemos embaucar cuando el nacionalismo disfrace sus pretensiones en el amor (el amor a la tierra, a la cultura, a la lengua… y todo el blablablá correspondiente). Hace 30 años, y con la misma lucidez que en la actualidad, Savater ya nos advertía: “Del sentimiento de amor al propio terruño no se deriva forzosamente la ideología nacionalista, del mismo que el incesto no es una consecuencia inevitable del amor filial” (Contra las patrias, 1984).

Pues eso. No es lo mismo el apéndice que la apendicitis. No es lo mismo el amor filial que el incesto. No es lo mismo la ciudadanía que la identidadY por supuesto (permítanme la primicia), no es lo mismo escuchar a Oriol Junqueras… que aprender con Savater. 
 

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artículo publicado en Tribuna de Salamanca, 8-10-2014.