jueves, 11 de octubre de 2018

Homenaje a José Hierro


Cuánto nunca, Pepe, sin ti y sin tu poesía[1].
Lástima grande que haya sido verdad...
que te nos fuiste[2].
Ahora resta que no sea cierto.
Solo cabe que haya un error.

José Hierro, natural de España,
aunque de nacionalidad poeta[3],
ha fallecido el sábado,
21 de diciembre, 
a consecuencia de una cotidianidad[4].

Él, José Hierro, un hombre como hay pocos,
tendido aquella tarde en su cama[5],
volvió a nombrar la realidad[6]:
el sueño y la vigilia, la Alucinación y lo tangible.
Dimensiones todas ellas tan reales.

A José Hierro, sí, se le ha encogido el corazón.
Es ésa la desventaja de tenerlo; es ése el inconveniente de escucharlo.
Hay muchos que no tienen tal problema. El corazón, a algunos,
se lo extirparon por gangrena, se lo embargaron por injusto,
se les oxidó por abandono... se lo okuparon por desuso.

El corazón de Hierro ha latido el asombro,
pero tuvo que hacer frente también a la vileza.
Para poder seguir latiendo,
optó por aferrarse a lo primero:
nos permite el prodigio de seguir viviendo[7].

Así emprendió caminos:
a veces con veinte años de retraso sobre la esperanza prevista[8].
Hay juguetes que llegan tarde. Hay tristezas que asaltan pronto[9].
Hay derrotas donde se gana (sobre todo porque se aprende).
Hay derrotas que duelen más (porque pudieron ser de otro modo)[10].
  
El corazón de Hierro padeció trizas, duelos y jirones.
Temió incurrir en indeseables olvidos[11].
Vislumbró la nada a pesar de todo[12]. 
Sufrió palabras que no escuchó[13].
Y aguantó también dolorosos contratiempos[14].

Pero el Cantábrico, por fortuna,
acertó a cicatrizar el magullado pericardio.
Hierro resistió al abandono.
Hierro no dejó a la renuncia hacerse fuerte.
Hierro no permitió que le arrebatasen lo irrenunciable[15].  

Un corazón domesticado (que responda en todo a lo previsto)
puede parecer inmensa suerte, y no es más, sin embargo, que derrota:
controla su habla y su silencio, jamás se desborda en su latir;
pero eso, más que a un corazón, se parece a un microondas.
No hará sufrir en lo malo, pero tampoco, ay, adivinará ni por asomo el sortilegio[16].

El entusiasmo, que acelera lo cardiaco con su ritmo,
encoge a veces el corazón, para hacerlo, a su vez, 
más ancho y acogedor, más abierto y espacioso, con más luz y ventanales.
A Hierro se le ha encogido el infinito,
pero su poesía, siempre, sabrá ensancharnos la mirada[17].

A Hierro le gustaba dibujar.
Cuando sus lectores le solicitaban una dedicatoria,
tenía la amabilidad de firmar a través de sus dibujos.
Ese reseñado 21 de diciembre, tránsito de otoño a invierno,
se difuminaron los colores que con tanto empeño manejaba.

Se puede estar vivo, Pepe, aunque ya no lata el corazón[18].
El nunca, entonces, se vuelve siempre,
y has de seguir, por tanto, habitando siempre entre los vivos: 
porque late tu Agenda y Sin Nosotros; tu Quinta y tu Cuaderno;
tu gesto y tu palabra; tu voz, tu llanto y tu Alegría.



[1] “(...) y cuánto nunca, Paula, / sin ti y sin mí.” (J. Hierro: “Cuánto nunca”).
[2] “¡Lástima grande que haya sido verdad tanta tristeza!” (J. Hierro: “Rapsodia en blue”).
[3] “Yo no soy traidor a mi única patria / que es la poesía.” (J. Hierro: “Monólogo”).
[4] “Manuel del Río, natural /  de España, ha fallecido el sábado /  11 de mayo, a consecuencia /  de un accidente.”  (J. Hierro: “Réquiem”).
[5] “Yo, José Hierro, un hombre / como hay muchos, tendido / esta tarde en mi cama, / volví a soñar.” (J. Hierro: “Una tarde cualquiera”).
[6] “La poesía es dar nombre a las cosas: el nombre / nuevo por el que serán, en adelante, conocidas. Es / descubrir el nombre verdadero, tapado por los / nombres falsos que ostentaban.” (José Hierro: “Elementos para un poema”).
[7] “(...) esta cabeza ha oído historias maravillosas e historias / estremecedoras. Historias estremecedoras que / han modelado horriblemente su rostro, pero / que no recuerda. Sólo recuerda las historias / maravillosas. Son las que le permiten seguir / viviendo todavía.” (J. Hierro: “Cinco cabezas”).
[8] “Aclararé. Por primera vez salía de mi patria / con veinte años de retraso / sobre mis esperanzas.” (J. Hierro: “El pasaporte”).
[9] “¡Qué tristeza / este juguete que llega tan tarde!” (J. Hierro: “El pasaporte”).
[10] “No es lo peor que esto suceda así, / sino que pudo suceder de otra manera. / Y lo pienso, Dios mío, besando el pasaporte, / unas escasas hojas de papel / entre las que han quedado tantas cosas / que ya no tienen realidad. / Tantas cosas que un día pudieron haber sido.” (J. Hierro: “El pasaporte”).
[11] “Antes de que te diga: `Yo sé que te he querido mucho, / pero no recuerdo quién eres´.” (J. Hierro: “Lear King en los claustros”).
[12] “Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada.” (J. Hierro: “Vida”).
[13] “Mi reino por un `te amo´, sangrándote en la boca. / Mi eternidad por sólo dos palabras. / (…) / las palabras que nunca pronunciaste / -¡por qué nunca las pronunciaste!-” (J. Hierro: “Lear King en los claustros”).
[14] “(…) llevamos músicas distintas. / Por eso el baile es imposible / y debo desistir.” (J. Hierro: “A contratiempo”)
[15] "Nadie pudo, ni puede, ni podrá por los siglos de los siglos / arrebatarme tanta felicidad." (J. Hierro: "En son de despedida"). 
[16] "Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría / no podrá morir nunca. / Yo lo veo muy claro en mi noche completa. / Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo (...)." (J. Hierro: "El muerto"). 
[17] "Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar." (J. Hierro: "Lope. La noche. Marta"). 
[18] "Se está muerto aunque lata / el corazón, amigos." (J. Hierro: "Una tarde cualquiera").